El futuro llama

Los clientes escépticos siempre iban por delante en su corazón. Durante toda su vida, los había preferido con creces, porque se los podía convencer solo con pruebas (muchas pruebas, en algunos casos, pero en ellos la victoria era incluso más dulce), no necesitaban todas las fruslerías que exigían los creyentes, los crédulos y los confiados. Estos, como había descubierto tiempo atrás, exigían rituales, tradición y cánones; que recurriera a clichés para ganarse su confianza y su dinero cuando atravesaban el portal de su casa o marcaban su número de teléfono. Teatro, a fin de cuentas.
No por otra cosa tenía siempre en la entrada de su casa y a lo largo del pasillo una legión de velas en distintos grados de abatimiento y cuadros con imaginería esotérica. La alfombra era lo bastante gruesa como para dar a los pies que la surcaban una leve sensación de hundimiento a cada paso y para silenciar el sonido de los zapatos contra el parqué. En lo que le gustaba llamar su “oficina”, la luz era tenue y fría, proveniente de unas tiras de led colocadas con esmero; dos humidificadores estratégicos en esquinas opuestas aportaban un murmullo que rompía el silencio con suavidad y el olor de las varillas de incienso daban un aire de misticismo y, aunque le molestaba reconocerlo, de profesionalidad, cuyo toque final lo aportaban una amalgama de prendas holgadas y coloridas, múltiples abalorios y el falso nombre de Selene Argenta.
Aunque ya no recibiera a tantos clientes en casa, conservar su escenografía y el uniforme la ayudaban a entrar en situación y a mantener un tono apropiado durante las llamadas telefónicas que ocupaban su jornada laboral. El centro de la mesa lo presidía el soporte de un teléfono inalámbrico que sonaba a lo largo del día a intervalos irregulares, y su trabajo consistía en sentarse, respirar hondo, descolgar la llamada y responder, de la manera más mística posible, con tres datos sobre el futuro de la persona que estaba al otro lado de la llamada. Ninguna amenaza, súplica o insistencia de cualquier tipo podía convencerla de dar más de tres predicciones hasta pasado un mes desde la última consulta; había un método, unos límites y unas tarifas, y sabía andarse con cuidado a la hora de encontrarse con frases que reformulaban sus predicciones en otra pregunta o cuando trataban de congraciarse con ella, con la esperanza de obtener una predicción extra completamente gratis o fuera de su horario de trabajo.
Ese era el tipo de clientes que más le disgustaban y no, como habría cabido esperar, los que le llamaban para burlarse de ella: esos, de hecho, eran sus favoritos. Los que no creían. Con ellos podía abandonar toda pretensión y volver el juego en su contra. Hacían sus preguntas, esperando que ella les contestara con mentiras y vagas referencias con las que cualquiera se pudiera identificar, ignorantes de cómo funcionaban las cosas en realidad.
Selene, con veintisiete años de experiencia en su profesión, ya sabía antes de empezar a ejercer que el futuro no eran las páginas que faltaban por leer de un libro, sino las que todavía no se habían escrito: condicionadas sin duda por lo que ya había antes, pero capaces de tomar cualquier deriva y acabar contando una historia muy diferente a la esperada. Necesitaba muy poco para tirar del hilo de una vida: con toda su práctica, había llegado al punto en que una voz era más que suficiente para, una vez se lo proponía, lanzarse a la búsqueda de los borradores de esas páginas no escritas y seleccionar las tres más probables para la narrativa que se le presentaba. Todo el procedimiento solía durar cinco minutos, durante los cuales procuraba mantener entretenido al interlocutor con murmullos y «oms», con el ocasional sonido de cartas siendo barajadas o suaves golpes de una cucharilla golpeando una taza de té; pasados los cinco minutos, presentaba al cliente las tres predicciones, que la mayoría pagaba con gusto.
Las normas que la vidente siempre seguía eran también tres: la primera era, por supuesto, nunca dar más de tres predicciones al mes al mismo cliente; la segunda era no revelar eventos negativos, salvo si se trataba de salvar la vida del cliente; y la tercera, un poco más larga, era algo así como «si vienes con intención de burlarte porque no crees en mi trabajo, te irás con todas tu mente hecha un caos y probablemente no duermas hasta el mes que viene, en que puedas preguntarme de nuevo para salir de dudas». La tercera norma la había instaurado un día en el que, ofendida por la incredulidad y las burlas de algunos clientes, hizo un cambio en su rutina y, en lugar de las tres predicciones algo confusas, pero del todo ciertas que siempre ofrecía, optó por su propia venganza: le contó al cliente una absoluta mentira que este cazó al instante y por la cual la insultó, siguió con una predicción ambigua e indeterminada que el cliente no se tomó del todo en serio y acabó, en lo que para ella fue un golpe magistral, en una descripción de una situación muy concreta que estaba viviendo aquel hombre y una profecía sobre su resolución. El silencio posterior sonó mejor que una ronda de aplausos, y recibió la grata sorpresa de una llamada del mismo número un mes después.
Lo convirtió en una costumbre. Era habitual para ella recibir varias de aquellas llamadas a lo largo de la semana y había encontrado un arma efectiva y satisfactoria. La falsa predicción reforzaba la incredulidad del bromista, la ambigua no le provocaba conflicto y la última lo lanzaba a una espiral de dudas y de posibilidades: si le habría tomado el pelo, si habría tenido mucha suerte y aquello era una gran casualidad, si en realidad el universo y las fuerzas que lo movían funcionaban de una manera diferente a la que pensaba…
En ocasiones, se sentía culpable: habría sido fácil no hacer más que venderles tres augurios precisos e incontestables de los muchos que era capaz de descubrir en sus cinco minutos de contemplación. Sin embargo, era mucho más satisfactorio dejarles cavilando, atormentados por la duda. Una venganza mezquina, pero se sentía autorizada a ella cuando lo que se ponía en duda era toda una vida de dedicación a su trabajo.
Se recolocó el chal de seda y tomó entre sus manos la taza de té caliente con miel, mirando pensativa por la ventana. Había tenido otro de esos momentos en los que se planteaba los pros y contras de su profesión y había desembocado, una vez más, en un análisis introspectivo de por qué sentía una necesidad tan grande de «devolvérsela» a todo aquel que llamaba con intenciones burlescas. Dio un sorbo al té y entrecerró los ojos. Aquella semana le esperaban al menos dos llamadas más de ese estilo; no sabía el número exacto, el futuro no entendía de matemáticas y las cantidades eran lo más complejo de discernir: se le escapaban igual que cuando se trata de leer letras en un sueño.
El teléfono sonó y, mientras surcaba descalza la alfombra en dirección a la oficina, le asaltó el presentimiento de que esta sería una de esas llamadas. En ella, los presentimientos funcionaban siempre como los cuartos anunciando la hora en punto.
Se sentó en el sillón frente a la mesita. Inspiró despacio, serenándose con el aroma a sándalo del incienso. Dejó la taza de té al lado del teléfono e hizo unos pases con los dedos por encima de ambos, más por costumbre que por la utilidad del gesto. Descolgó el teléfono.
―Bienvenido seas en feliz hora. Hablas con Selene Argenta. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?
Percibió, contenidas, las risas de varias personas al otro lado de la línea. Frunció el ceño, ya frustrada: las bromas de grupos, cuando podía oír varias voces, siempre le ponían difícil centrar su atención en el futuro de la persona con la que hablaba.
―Buenas… A ver, yo quería hacerle unas preguntas porque tengo… un problema. En casa. Con la familia, quiero decir.
Al menos, la voz que se dirigía a ella sonaba fuerte y discernible. Podría trabajar con ello y convertir el resto en ruido de fondo. Aunque no parecía haber trabajado bien en la historia que le iba a contar.
―Dime tu nombre, querido ―susurró ella, en el tono más profesional que podía poner.
―Sí, eh…
La voz del cliente dio paso a un murmullo silenciado. Selene puso los ojos en blanco, juzgando con acritud el descubrimiento de que existiera gente capaz de gastarse el dinero en una broma telefónica sin haberla preparado antes.
―Me llamo Aitor. Mi primer apellido es Menta.
Selene se propuso ser muy cruel con aquella llamada. Ni siquiera iba a poder darles puntos por originalidad. Contuvo un bufido de exasperación y respondió:
―Muy bien, Aitor Menta. ―Ignoró las carcajadas mal silenciadas y los «¡chsss!» de fondo. Iba a seguirles el juego por el momento―. Háblame de ese problema que te aflige y nos adentraremos en qué nos deparará el futuro al respecto.
―A ver, la cosa es que yo no tengo trabajo, por un lado… Y me dejó mi novia porque descubrió que… que soy adicto a untarme mermelada en los dedos de los pies y a intentar llevármelos a la boca para lamerlos.
―Ya veo…
―Mi novia me dejó porque intenté convencerla de que ella también lo hiciera y me dejara verlo. ―La historia del presunto Aitor empezaba a tomar carrerilla y Selene no pudo menos que sentirse impresionada―. Y ella era la que trabajaba y sin trabajo yo no puedo comprarme mermelada, y me tranquiliza mucho, cuando estoy nervioso, sentarme en la cama y meter los dedos de los pies en un bote y moverlos así, un poco, para que la mermelada alcance entre los dedos…
La adivina apartó el teléfono para evitar que se le oyera contener una arcada. Las risas de los compañeros del bromista habían desaparecido, por lo menos, aunque ella podía imaginarse con claridad que habían cambiado a gestos de asco.
―Así que necesito saber si voy a encontrar trabajo pronto, porque me estoy quedando sin mermelada, y también si encontraré una mujer que me entienda y me quiera tal y como soy.
Apenas recuperada de su espanto, Selene se acomodó, tiró de su chal hacia abajo y respondió con la misma voz candorosa con la que había comenzado:
―Bien, querido, gracias por tu confianza. Veo que no estás atravesando un buen momento, te rodean energías negativas. Vamos a ver qué te depararán las cartas. Como sabes, solo te puedo dar tres pistas sobre tu futuro, pero serán importantes y tendrás que meditar sobre ellas. ¿Comprendes?
―Sí, claro.
―Ahora, voy a preguntar a las cartas. Quiero que cierres los ojos y te concentres en respirar despacio y profundo, pensando en aquello que te preocupa. Dedica tu mente a esa pregunta sobre tu futuro, no dejes de pensar en ella.
Con el teléfono ahora sobre la mesa, el modo altavoz activado, Selene tomó entre las manos sus cartas y las barajeó sobre el aparato, a una distancia a la que sabía que el micrófono podía captar el sonido. Una vez las hubo barajado lo suficiente, comenzó a distribuirlas de forma distraída sobre la superficie de la mesa, logrando sin esfuerzo que se le oyera colocar cada carta; sus ojos no contemplaban el círculo que estaba construyendo con ellas, sino que estaban cerrados y no veían nada. Su mente, en cambio, se estaba llenando de imágenes.
Con la voz de Aitor en la cabeza, comenzó a indagar. Sus palabras trajeron la visión de una educación universitaria intermitente e inacabada. El dinero nunca había faltado. Se sentía aburrido de la vida. Había un piso y un coche de los que era propietario, pero que no había pagado. Cuchillos. De pequeño se cayó de una silla y desde entonces tenía miedo a las alturas. Había nacido una mañana de agosto. Había visto morir a todas sus mascotas. Los nombres de personas se sucedían, y el de Gabriel era importante, aunque por las peores razones. Sintió rabia cuando le llamaron la atención por robar a un compañero de clase en Primaria y trató de golpear a su profesor cuando le obligó a devolverlo. Trabajaba en una empresa de telecomunicaciones. Le gustaba ver cosas partiéndose en dos. Hacía dos meses que no comía hamburguesa y estaba furioso porque sus amigos habían elegido pizza para cenar aquella noche.
La vidente tomó aire y, apoyándose en este pasado, hizo que su mente saltara hacia el futuro. Rara vez elegía la línea a seguir, dejándose invadir por lo que más pesaba, lo más probable. Los planes, las ideas, las promesas rotas y las cumplidas, las rutinas a punto de acabarse y los cambios más violentos. Dejó que todas las formas que podía adoptar aquel futuro la inundaran…
Abrió los ojos e inhaló con fuerza. Un ataque de tos le sobrevino y se levantó de golpe del sillón, alejando la mesa de sí con tanto ímpetu que varias cartas cayeron al suelo. Oyó una voz que la llamaba en el teléfono, pero ella se marchó a una esquina del cuarto y se apoyó en la pared entre convulsiones.
Un asesinato. Tan claro como que cayera lluvia de nubarrones negros. La persona que la había llamado por teléfono iba a matar a alguien pronto, tenía la idea en la cabeza y una gran expectación por llevarla a cabo. No habían surgido ni un nombre ni un rostro, pero sí el cuchillo, en una mano enguantada en látex negro, clavándose repetidas veces en la carne de una persona; había sentido la respiración agitada y la satisfacción del asesino, su curiosidad satisfecha a cada puñalada, el interés por mirar al rostro a su víctima y verla morir en sus manos. Tenía un plan para transportar y esconder el cadáver, y la confianza de que podría hacerlo sin que le descubrieran. Solo estaba esperando una oportunidad, una víctima que le incitara. Ni siquiera sentía que necesitara un motivo: quería hacerlo porque pensaba, con convicción absoluta, que nadie debería morirse sin saber lo que se siente al matar a alguien.
Estaba temblando. Selene había visto muertes, accidentes y peleas muy agresivas, visiones que la ponían en la posición de poder reconducir a sus clientes (a aquellos que la creían, al menos) en direcciones menos violentas; hasta ese momento nunca había indagado en el futuro de alguien que deseara, con fervor, asesinar a otra persona. Ese futuro había estallado en su mente y la había ocupado por completo, evitando el paso a cualquier otra posibilidad y garantizando que era al mismo tiempo un juramento hecho a uno mismo, un sueño que planeaba ver realizado y el único objetivo en su mente. Más que una posibilidad, era una garantía: su cliente, el hombre que la había llamado como una broma que gastar junto con sus amigos, iba a convertirse en un asesino muy pronto, y ella estaba paralizada, sin saber cómo reaccionar. Deseaba no haberlo sabido, se arrepintió de sus años de trabajo, se preguntó si podría ignorarlo y obligarse a olvidar que había visto aquel futuro más que probable. Un nudo le atenazaba la garganta y quiso llorar. La voz del asesino seguía llamándola, a voces, convencido de que ella era un fraude que no habría sido capaz de ver el futuro que había trazado para sí mismo.
Volvió a sentarse y tomó el auricular, sosteniéndolo alejado de su rostro, con asco y miedo. Intentó recobrar el dominio de su respiración lo suficiente como para contestar:
―Rodrigo, quita el altavoz del teléfono, quiero que esto lo oigas solo tú.
Un par de exclamaciones sofocadas rodearon el silencio de su interlocutor. Selene esperó unos segundos agónicos hasta que la voz del cliente volvió a escucharse, esta vez cautelosa y susurrante.
―Ya no te oye nadie.
Esta promesa no tranquilizó a Selene, que se preguntaba si habría tomado la decisión correcta y no habría sido mejor hacer saber a un grupo más grande qué tipo de persona se hallaba entre ellos. Rezó en sus adentros por que el futuro asesino la escuchara.
―No merece la pena lo que quieres hacer. No hagas daño a nadie. Te encontrarán, sé que así será… Te garantizo que tendré un ojo puesto en cada desaparición y cada crimen mortal que se cometa de aquí en adelante y… Cuando seas tú, lo sabré, Rodrigo. No lo hagas.
De nuevo la respondió el silencio. Un pitido intermitente la sobresaltó cuando, al otro lado de la línea, el cliente colgó el teléfono. Selene tiró el suyo sobre la mesa y puso las manos sobre su pecho, mirando fijamente el aparato, como si temiera que el asesino saliera de él. Este temor se acrecentó durante los siguientes segundos, hasta atenazarla, y lo reconoció como lo que era: otro presentimiento, esta vez de que era su vida la que corría un grave peligro y la clave estaba, precisamente, en la principal herramienta de su trabajo.
Aquel día, y los dos siguientes, no volvió a responder más llamadas; cada vez que sonaba el teléfono su corazón daba un salto, y ya no estaba segura de lo que eran sus presentimientos y lo que era paranoia. Al tercer día fue ella quien levantó el auricular y convino que, para la semana siguiente, tendría un nuevo número de teléfono, en una compañía diferente y con otro router para Internet. No se sentía más tranquila al cerrar el acuerdo, pero sentía, en el fondo, que nunca más volvería a estarlo.
Casi por compulsión, mantenía las velas del pasillo encendidas. A un volumen exagerado sonaba la televisión, emitiendo solo noticias de forma casi permanente, esperando que en cualquier momento una de ellas desencadenara de nuevo la visión que había tenido de su cliente. A cada suceso anunciado que le pareciera sospechoso detenía lo que estuviera haciendo y se ponía a contemplar, buscando el hilo que conectara la noticia con el asesino que la había llamado. Descalza estaba sobre su alfombra, segura de que lo último que había oído en la televisión le había despertado un desasosiego prometedor, y apenas oyó que llamaban a la puerta, el día en que debían instalarle su nueva línea. Caminó abstraída hacia la entrada, sus pies hundiéndose a cada paso mientras rebuscaba en el futuro una pista de lo que sucedía en la pantalla al otro lado de la casa. Mientras giraba el pomo de la puerta le invadió la clarísima visión, en el rellano al otro lado, de unos guantes de látex negro apretando el timbre de nuevo.