Aquiles y Eureka

La Luna brillaba como nunca y el viento era demasiado suave y agradable. No se preveían tormentas ni habría nubes aquella noche. El hombre del guardapolvos negro resopló, apoyado en el maletero del coche. Por delante de él, en un claro entre los árboles, los encapuchados habían terminado con las presentaciones y se preparaban para el ritual.
—¿Primera vez? —preguntó una voz a su derecha.
—Primera que voy a verlo todo tan claramente —respondió, girándose y descubriendo al hombre que le había hablado: un tipo de apariencia muy corriente y expresión de educada curiosidad—. Aquiles.
—Encantado, Aquiles —dijo el hombre corriente—. Eureka. Tienes suerte, Aquiles no es mal nombre.
Aquiles carraspeó y miró en dirección al claro.
—Ya… En realidad es Archiliberio.
Las últimas palabras fueron emitidas en un susurro. Eureka no dijo nada, aunque la expresión de su rostro reflejaba absoluta compasión y simpatía.
—Significa algo así como «súper libre» —insistió Aquiles.
—Algo magnífico que desearle a un hijo—aseguró Eureka.
—De pequeño me llamaban Archi —Aquiles siguió hurgando en la herida—. Pero todos preguntaban de qué nombre era abreviación.
—Los he oído peores…
—Nadie pregunta por Aquiles.
—Gracias por contarme esto, Aquiles. —Eureka le dio unas palmadas inseguras en el brazo—. Tu secreto está a salvo conmigo.
Aquiles se encogió de hombros.
—Imaginaba que lo entenderías, por…
Extendió el brazo en un arco ante sí, abarcando el bosque en el que estaban. Eureka asintió. En el claro, los asistentes estaban reunidos en círculo en torno a una hoguera, tomados de las manos, y habían empezado a entonar un cántico en un idioma compuesto por demasiadas consonantes.
—¿Con quién vienes? —preguntó Eureka.
—Traigo a mi madre: Kalanchoe Saturnal.
—¡Creo que la conozco! ¿Pelo negro rizado y así, muy alto?
—Es una peluca.
—Oh, no se nota. Hemos hablado. Es muy amable y su jarabe de amapolas es fantástico, va muy bien con el café.
Los cánticos continuaban. La hoguera se había tornado violeta y sus llamas serpenteaban más lento de lo que se supondría de un fuego normal. Aquiles y Eureka lo contemplaban sin interés.
—Yo traigo a mis tíos. Una vez al mes. Esta es la décima vez que asisto desde que me lo permitieran el año pasado. Nunca te había visto, por eso preguntaba.
—No me quedo siempre. A veces me voy a dar vueltas con el coche mientras espero.
Los cánticos se habían detenido. Uno de los encapuchados se separó del círculo y empezó a elevar una letanía solitaria, alzando por encima de su cabeza un bulto envuelto en telas blancas.
—Curioso que no hayamos coincidido antes. Hay mucha gente habitual.
—¿Los conoces a todos? —inquirió Aquiles, con sorna.
—No tengo muchas oportunidades de coincidir con gente afín —replicó Eureka.
Los encapuchados estaban pasándose un cáliz y bebiendo de él. El que se había adelantado arrojó al fuego el bulto que sostenía. Los árboles temblaron con un viento repentino. Piedras y polvo se levantaron, suspendidos en el aire, girando en torno al círculo de reunidos.
Eureka pasó un termo a Aquiles, que lo abrió con suspicacia. El olor a café le tranquilizó, y se le escapó un gruñido de placer al dar un trago.
—Gracias, has salvado mi cordura esta noche.
—Qué exagerado…
Las llamas de la hoguera se alzaron de pronto, abrazando una monstruosa sombra, de apariencia casi humana, que creció hasta hacerse tan alta como los árboles. Los encapuchados armaron una gran algarabía mientras la figura levantaba los brazos y bramaba algo que parecía una orden.
—No entiendo por qué no invocan un chófer y nos dejan irnos pronto por una vez —refunfuñó Aquiles.
—¿Va a pedirle algo por ti? —preguntó Eureka, disimulando una carcajada.
Aquiles puso los ojos en blanco.
—Eso creo. Algo sobre mi vida amorosa, seguro, dijo que era hora de que interviniera. Ayer me dijo que hoy viniera y me quedara.
—¡Qué misterioso! ¿Crees que te ayudará?
—Tengo mis dudas. Sea lo que sea eso, no es Cupido, seguro.
Un encapuchado miró en su dirección. Aquiles reconoció a su madre antes de que esta se bajara la capucha. Echó otro trago de café y se preguntó, con vaga perplejidad, por qué le habría guiñado un ojo.