Puntadas precisas

Una puntada unió un poco más la nariz de Diego a su cara.
―Me agaché sobre las flores…, para olerlas mejor, nada más.
Un murmullo de asentimiento. Otra puntada.
―Porque entras en la floristería, hueles todas a la vez… Yo quería oler esas, a ver qué tal.
El sastre tomó la barbilla de Diego entre sus dedos de seda y le obligó a girar un poco la cabeza a la izquierda. Diego se sintió agradecido por que su cuerpo no necesitara respirar. Otra puntada.
―Lo mismo aspiré muy fuerte…
El chasquido desaprobador de una lengua muy cerca de su oreja hizo que le recorriera un escalofrío. Los dedos de sus pies y de sus manos se contrajeron. Otra puntada.
―La cosa es que enseguida me puse a estornudar…
La aguja se movió más despacio al acercarse al labio superior. Otra puntada.
―En una de estas, mi nariz… ―Diego extendió su brazo a un lado e hizo con él un barrido espasmódico―. Acabó entre varias macetas… Tuve que ponerme a cuatro patas a buscarla.
―Cielos, qué espectáculo. Lamento habérmelo perdido. Suena más hilarante que cuando la semana pasada te seccionaste el dedo con la puerta.
―Ajá…
―O cuando, hace dos semanas, tropezaste con tu sillón y dejaste media pierna atrás.
Otra puntada. En silencio, Diego empezó a retorcerse las manos, concentrado en la pared.
―Por supuesto, nada superará el día en que viniste con tu propia cabeza bajo el brazo. ¿Qué fue entonces, dijiste? ¿Una paloma que se estrelló contra tu nuca, creo recordar?
Negándose a responder, Diego se limitó a fruncir los labios y a mantenerse con la vista al frente, ni un asomo de rubor en sus mejillas grises.
―Podemos dar gracias, no obstante, por que recordaras cerrar los ojos, o el desastre habría sido mucho mayor. ―Una puntada se detuvo a medio camino en el aire―. Como aquella vez hace dos meses. Eso fue un trabajo muy delicado.
―Sip, sí que lo fue…
―Diego, con total franqueza, eres el muerto más torpe que he tenido entre manos. Te lo digo afectuosamente, no me malinterpretes. Confieso en que a veces me preocupa poder ajustar mi calendario con tus visitas.
―Lo siento mucho, doctor Mirka…
El aludido volvió a chasquear la lengua, esta vez con exasperación.
―Tú eres el damnificado, Diego, esperaría que te condujeras con un poquito más de precaución. Una cosa es que no sientas dolor y otra es andar por la vida…, perdón, no-vida, como si tus miembros se regeneraran a los dos días.
―Quizá es la tranquilidad de saber que estaré en buenas manos…
Una sonrisa asomó en los labios acolchados de Mirka, pero la suprimió de inmediato y el doctor lanzó a Diego una mirada amonestadora, con toda la severidad de la que eran capaces sus ojos de cristal rosa. Diego volvió a fijar su atención en la pared.
En el silencio que siguió, las manos que cosían la nariz dieron las últimas puntadas. De nuevo, Mirka sujetó la barbilla de Diego y giró su rostro hacia sí, examinando su trabajo. Satisfecho, el doctor tomó un bote de crema y depositó sobre sus dedos una porción del producto, que luego untó a lo largo de la línea de costura.
Diego abría y cerraba los puños durante todo el proceso, de vez en cuando mirando el rostro del doctor. Cuando sus miradas se cruzaron, Mirka sonrió y volvió su cabeza a la esquina, ofreciendo a su paciente una mejor vista del parche de terciopelo de su mejilla.
―¿Son esas las culpables?
Diego siguió la dirección de su mirada hacia el ramo de flores que había en un jarrón en la esquina de la consulta.
―Sip, esas son.
―Son preciosas, Diego, gracias. No deberías haberte molestado.
Diego se encogió de hombros. Mirka lo miró con una expresión blanda.
―Con eso ya está todo. Sospecho que te veré la próxima semana, ¿no?
Ignorando el tono esperanzado del doctor, Diego se levantó de su silla y se despidió con una frase entrecortada. Una vez fuera de la consulta dejó que una sonrisa de lunático se extendiera de lado a lado de su rostro y, mientras arrastraba los pies hacia la salida, comenzó a planear su próximo accidente.