Las muñecas buenas no caminan por la noche

Clara tenía la edad exacta en la que ya podía levantarse sola en mitad de la noche a por un vaso de agua sin despertar a sus abuelos, pero en la que aún tenía que sujetar dicho vaso con ambas manos después de ponerse de puntillas para cogerlo. Ya estaba estirada, sus bracitos por encima del fregadero y abriendo el grifo, cuando oyó un golpe amortiguado detrás de ella, en las escaleras que bajaban del piso superior. Había sido un suave «puff», como de un cojín que se desplomara contra la alfombra que tapizaba los peldaños. Se giró, más curiosa que alerta, y no vio nada. Terminó de llenar su vaso de agua y, bebiendo de él con una tranquilidad de ánimo inusual en alguien que oye ruidos sin identificar en su casa a las tres de la madrugada, se acercó a la escalera.

En el cuarto peldaño, mirando al infinito con sus ojos de cristal coloreado como una tormenta, estaba una de las muñecas de porcelana que había en la vitrina del pasillo del piso de arriba. Su vestido estaba desplegado y bajo él asomaban las piernas con enaguas. Los brazos se estiraban hacia el frente, rogando a Clara que la tomara en brazos. La niña, sin embargo, no se sentía nada impresionada ante aquel escenario, y frunció el ceño a la muñeca por encima del borde de su vaso.

―No deberías estar fuera de la vitrina a estas horas ―la amonestó, pasando por alto que ella misma tampoco debería haber salido de su cama―. Podría haberme tropezado contigo cuando bajaba, o cuando subiera. ¿Eso te hubiera gustado? ¿Es lo que querías?

La muñeca, desprovista de cuerdas vocales, no respondió, pero la falta de músculos en su cuello no le impidió comenzar a girar la cabeza hacia la derecha, despacio, sin detenerse, hasta realizar un giro completo que volvió a poner su rostro frente al de Clara, momento en que se detuvo.

―Eso no significa nada ―decretó, convencida, la niña―. Para decir que no, tienes que mover la cabeza de un lado a otro. ―Hizo una demostración de lo que estaba explicando―. Así. No vale con moverla solo en una dirección. ¿Sabes cómo te digo?

Con un suave «pop», la cabeza de la muñeca se desprendió, rodó y cayó dos peldaños. Quedó mirando hacia arriba, los ojos clavados en Clara, la superficie de porcelana impoluta sin un solo rasguño. De nuevo, esto no alteró a la niña, que soltó un bufido.

―Bueno, yo no puedo hacer eso ―refunfuñó, casi ofendida, pero se recuperó de inmediato―. Y tampoco quiero hacerlo. Nosotros, las personas de verdad, sabemos que está mal perder la cabeza. Así que no lo hacemos.

Le sacó la lengua a la muñeca y se llevó de nuevo el vaso a los labios, sorbiendo sin delicadeza, como si reforzara de esta manera su argumento. Los párpados falsos de la muñeca se cerraron y volvieron a abrir, desacompasados. Su cabello se alzó y tras él la cabeza, que volvió a asentarse entre los hombros que había abandonado unos segundos antes. Sonó un clic al volver a encajar ambas piezas y, durante unos segundos, no sucedió nada.

Una súbita ráfaga de viento que no venía de ninguna parte sacudió a Clara, que parpadeó y retrocedió un paso, tambaleante. La muñeca comenzó a flotar, un par de palmos por encima de las escaleras, el pelo y el vestido agitándose. La lámpara por encima de ellas se balanceó de un lado a otro, apagándose y encendiéndose.

Clara perdió la paciencia.

―¡No hagas eso! ¡Es ilegal flotar! ―exclamó, con la convicción de haber oído hablar de la ley de la gravedad, pero insegura de cuál era la pena impuesta por infringirla―. ¡Te estás portando mal y me voy a chivar al abuelo!

Cuando vio que la muñeca no dejaba de flotar, ni la lámpara de agitarse, ni el viento de soplar, Clara dejó el vaso de agua en la mesita de la entrada, fulminó con la mirada a la muñeca criminal y marchó escaleras arriba, castigando cada peldaño con un furioso pisotón.

―¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Una muñeca está incumpliendo la ley en el piso de abajo!

En el piso de abajo, una muñeca se rindió.