Exosinapsis

Desde que el Psymplificator entró en su vida, el pasatiempo favorito de Ismael era perderse en los pensamientos de otros. Nadie más sabía esto, Ismael no es el tipo de hombre al que uno imagina crackeando un implante neural, prescrito para su Parkinson, para instalar un plugin ilegal y pasar las horas muertas espiando las mentes de sus vecinos. No le interesaba sacarles de su error: presumir de poseer tecnología exosináptica en su cabeza sin pertenecer al Ejército era una estupidez muy cara; por el dinero gastado en el sistema, en primer lugar, y por la pena de cárcel que le caería, en segundo.
Su psicólogo, seguramente, le habría preguntado si aquella actividad podría deberse a su eterno complejo de no ser una persona interesante. Plantearía si investigar ideas, reflexiones y coyunturas internas ajenas le servía como mecanismo de supervivencia ante la convicción de que las suyas propias eran del todo insustanciales. Le daba igual. Le había servido para abandonar el consumo compulsivo de películas y series, no le quitaba el sueño que alguien argumentara que las cuestiones éticas de su nueva afición eran más graves.
Esto era, además, especialmente cierto cuando Alejandro había tenido un mal día. Ismael adoraba a su marido, que era maravilloso, pero también el mayor quejica que había aguantado durante más de quince minutos. Tres años juntos y aún se sorprendía cuando, tras un progresivo descenso en el volumen de las reivindicaciones, un abandono sereno entre refunfuños de la habitación y el regreso a la calma cotidiana, Alejandro volvía cinco minutos después a donde estaba Ismael con aire de espíritu vengador y exclamaba: «¡¿Pero sabes qué es lo que más me jode?!». E Ismael no podía más que prestar oídos, dar gracias por no ser el objetivo de su justa indignación y mostrarse comprensivo, todo ello mientras conectaba en la app de su móvil el receptor exosináptico, con mucho disimulo, y empezaba a recibir todo tipo de pensamientos en diez metros a la redonda. Centímetro arriba, centímetro abajo.
Divagaciones. Listas de la compra. Canciones en bucle, unas sobre otras. Proyectos literarios sin tiempo y conceptos cinematográficos sin presupuesto. Magníficos planes de viajes al extranjero o ilusiones sobre un millón de euros. A veces la visión modesta de una cita romántica o una extravagante fantasía adúltera. No sabía quién era el dueño de cada pensamiento, así que podía dejar los juicios de lado y dedicarse a su observación impersonal; las interacciones sociales con los vecinos del bloque eran excelentes por su escasez, y deseaba seguir así, no quería de ellos nada más que alguna inspiración momentánea.
Nunca se le ocurriría poner en marcha el Psymplificator mientras en la mente de su esposo se fraguaba un ataque, pero no había riesgo en hacerlo durante un sermón en curso. Ismael había descubierto que, en un ataque de ira, nadie pensaba, en realidad.
Por eso, en el momento en que llegó a su cabeza el asesinato, supo que era un plan y no un acceso de locura. Su primera reacción fue girar la cabeza hacia todos lados, aunque sabía que no podría determinar el origen. Luego, su mente enfocó aquel pensamiento, sin que él pudiera evitarlo. El odio era el fondo frío y lento de aquel diseño. Como en una competición deportiva, se desplegaron ramificaciones de ideas que competían entre sí, las más débiles eran eliminadas y las ganadoras iban avanzando hacia Cómo, Cuándo y Dónde.
Sin darse cuenta, había dejado de respirar. Había un asesino en su edificio. A la velocidad en que discurría su pensamiento, pronto tendría un plan. Si Ismael se mantenía atento, sabría todos los detalles para evitarlo. Era posible que llegara a ver la cara de la víctima, si el futuro criminal pensaba en ella. Podría buscarla, avisarla.
Para ello, tendría que revelar lo que había hecho con su implante neural.
―¿Me escuchas? ―preguntó Alejandro, entre indignado y dolido.
Nadie más sabía que Ismael podía espiar los pensamientos de otras personas. Ni siquiera Alejandro. Confesarlo supondría perder el dinero invertido, ir a la cárcel durante una buena temporada y, ahora que lo pensaba, enfrentarse a la cólera y desilusión de su pareja.
―Lo siento, cariño. La cabeza, que me duele…
Ismael desactivó el Psymplificator.